Amor en tiempos de ghosting: la evasión emocional en la era digital

“Me clavó el visto y nunca supe por qué.”

Una frase que, en los últimos años, se repite con la naturalidad de quien ya se acostumbró a la desaparición emocional.
En la era digital, el silencio se volvió una forma de respuesta, y el ghosting —esa práctica de cortar toda comunicación sin explicación— se transformó en un fenómeno que atraviesa a millones de vínculos contemporáneos. Más que una simple conducta online, el ghosting refleja un cambio profundo en la forma de relacionarnos: una evasión emocional estructural, nacida del miedo al conflicto, la incomodidad o la vulnerabilidad.
Las aplicaciones de citas, las redes y la inmediatez comunicativa crearon un contexto donde conectar es fácil, pero sostener es difícil.
El amor, como advierte el sociólogo Zygmunt Bauman (2003), se volvió líquido: “relaciones que se deshacen con la misma rapidez con que se forman”. En este escenario, la desaparición se convierte en un acto de poder y autoprotección a la vez. Pero detrás del silencio, suele haber más miedo que maldad. El ghosting no solo cambia cómo terminan los vínculos, sino también cómo los vivimos: nos enseña a anticipar la pérdida incluso antes de que ocurra, a no involucrarnos demasiado, a responder con desapego para no ser heridos. En una cultura marcada por la inmediatez, la ausencia de respuesta se vuelve, paradójicamente, el nuevo lenguaje del desinterés.

Desaparecer sin aviso: la nueva forma de romper

El término ghosting proviene del inglés ghost —fantasma— y se usa para describir cuando una persona corta toda comunicación sin dar explicaciones.
En el contexto actual, donde los vínculos se inician y sostienen a través de pantallas, desaparecer implica mucho más que no responder mensajes: es borrar la existencia del otro, eliminarlo del propio relato.
Según la psicóloga Jennice Vilhauer (2015), el ghosting se basa en una “evitación del malestar interpersonal”. En lugar de enfrentar una conversación incómoda, quien ghostea elige el silencio como mecanismo de autoprotección.
Paradójicamente, esta conducta no reduce el malestar: lo posterga y lo transforma en culpa, ansiedad o desconexión emocional.
El silencio no elimina el conflicto; solo lo traslada al interior de quien lo produce. La socióloga Sherry Turkle, en Alone Together (2011), explica que las tecnologías nos prometen conexión, pero muchas veces nos empujan a la soledad. El vínculo digital crea la ilusión de control: podemos aparecer y desaparecer a voluntad, decidir cuándo sentir y cuándo cortar.
Pero ese control es frágil. No nos protege del vacío, sino que lo amplifica. Las redes sociales y las apps de citas como Tinder o Bumble normalizaron una lógica de “mercado afectivo”: deslizar, elegir, descartar. Cada vínculo se vuelve un perfil entre miles. Cuando algo no encaja, basta con deslizar hacia otro lado. Así, el ghosting deja de ser un acto individual y se convierte en una práctica cultural. Bauman también advertía que en la modernidad líquida las relaciones se vuelven desechables: queremos los beneficios de la intimidad sin sus costos. El ghosting, entonces, es el síntoma de una época que prefiere la desaparición antes que la exposición emocional. Detrás del acto de desaparecer hay un mensaje tácito: “no quiero lidiar con lo que esto genera en mí”.
Pero ese silencio, lejos de cerrar algo, abre un vacío. Y en ese vacío, ambas partes quedan atrapadas: quien se va, huyendo de su incomodidad, y quien se queda, intentando descifrarla.

Miedo a sentir, miedo a decir

Desde la psicología del apego, el ghosting se asocia a patrones de evitación emocional.
El psiquiatra John Bowlby (1969) fue uno de los primeros en describir cómo los vínculos tempranos moldean nuestra capacidad de conectar y sostener la cercanía afectiva.
Las personas con apego evitativo tienden a sentirse incómodas con la intimidad, y ante el conflicto prefieren el distanciamiento como defensa.
El ghosting, en este sentido, no es simplemente una falta de empatía: es una forma de gestionar el miedo.
El miedo a lastimar, al rechazo, al conflicto o incluso a ser demasiado vistos.
Como explican Amir Levine y Rachel Heller en Attached (2010), los evitadores “buscan preservar su autonomía evitando el contacto emocional directo”, aunque eso genere confusión en la otra persona. En la era digital, este patrón se intensifica.
Las plataformas permiten desaparecer sin consecuencias visibles, y la comunicación mediada por pantallas reduce la responsabilidad emocional. No tener que mirar al otro a los ojos hace más fácil huir.
A veces, el ghosting es la expresión de un trauma no elaborado. Personas que crecieron en entornos donde expresar emociones era peligroso o inútil, aprenden que la retirada es la única forma segura de sobrevivir.
Frente a la posibilidad de un vínculo que los confronte con la vulnerabilidad, reaccionan con la misma respuesta: desaparecer.
El filósofo Erich Fromm, en El arte de amar (1956), ya planteaba que el amor requiere esfuerzo, voluntad y compromiso, tres cualidades que el modelo actual de relaciones tiende a desvalorizar.
En su lugar, predomina una lógica de consumo afectivo: cuando algo incomoda, se reemplaza. Por eso, muchas veces el ghosting no nace del desinterés, sino de la incapacidad de sostener la vulnerabilidad.
Evitar el conflicto se convierte en una forma de autopreservación, pero también en una negación del otro como sujeto. El silencio puede parecer un refugio, pero termina funcionando como un espejo del propio miedo a sentir.
Y así, se perpetúa el ciclo: quien desaparece no enfrenta su miedo, y quien es abandonado refuerza su inseguridad. Dos soledades que se espejan en la pantalla, incapaces de encontrarse realmente.

Ser ghosteado no dice quién eres

Si desaparecer es una forma de defensa, ser ghosteado es una forma de desconcierto. Las personas que lo experimentan describen sensaciones de rechazo, incomprensión y pérdida de control. El cerebro humano tiende a buscar causas, y ante el silencio, la mente llena los vacíos con hipótesis autodestructivas: “habré hecho algo mal”, “no fui suficiente”, “me usaron”. La investigadora Brené Brown (2012), en Daring Greatly, explica que la vergüenza es una de las emociones más dolorosas porque ataca directamente el sentido de valía personal. El ghosting activa esa herida: la falta de explicación deja abierta la pregunta de si uno merece amor o presencia. A nivel psicológico, el ghosting puede generar una forma de duelo ambiguo, un término que la terapeuta Pauline Boss (1999) usa para describir pérdidas sin cierre claro. No hay cuerpo que despedir, ni ruptura que procesar. Solo una ausencia que no se puede nombrar.
El impacto no es menor: estudios de la Journal of Social and Personal Relationships (LeFebvre et al., 2019) muestran que las personas ghosteadas reportan mayores niveles de ansiedad, pensamientos intrusivos y dificultad para confiar nuevamente. En la adolescencia y juventud, donde la identidad se construye también a través del reconocimiento externo, ese silencio puede sentirse como una invalidación profunda. No se trata solo de que alguien se haya ido, sino de que lo haya hecho sin dejar palabras, sin huella, sin sentido. Sin embargo, ser ghosteado no define el valor personal. El acto dice más del miedo del otro que de las carencias propias. Como sostiene Esther Perel (2017), “el modo en que amamos y dejamos de amar revela nuestra capacidad de sostener el deseo y la incertidumbre”. Ser ghosteado es ser testigo del límite emocional ajeno, no una prueba de la propia insuficiencia. Aprender esto no borra el dolor, pero ayuda a devolver la narrativa al lugar donde pertenece: uno mismo. Recuperar la autoestima después del silencio es un acto político: es negarse a desaparecer con el otro.

Cerrar sin respuestas (y seguir adelante)

Una de las mayores dificultades del ghosting es la imposibilidad del cierre. Sin palabras, no hay relato; sin relato, no hay comprensión, pero el cierre emocional no depende únicamente del otro: también puede construirse desde adentro.
Cerrar no es entender por qué el otro se fue, sino aceptar que se fue.
Implica reconocer que la historia queda inconclusa, pero que el sentido no tiene por qué hacerlo. La psicóloga Elisabeth Kübler-Ross (1969), en su modelo sobre el duelo, explicó que la aceptación no es resignación, sino integración. Se trata de darle un lugar al hecho dentro de la propia biografía sin que defina la totalidad del yo. Desde la psicoterapia contemporánea, autores como Guy Winch (2017) señalan la importancia de validar el dolor relacional. El ghosting duele porque desafía la narrativa básica de reciprocidad: si nos vinculamos para ser vistos, el silencio absoluto activa el miedo a no existir para el otro. Por eso, procesar una desaparición implica restituir el propio sentido de presencia. Hablar con amigos, escribir lo que quedó sin decir, reconocer el enojo o la tristeza sin negarlos. Cerrar es también no idealizar: aceptar que la relación fue lo que fue, no lo que pudo ser. Y si en la era digital todo parece reemplazable, tal vez la resistencia más radical sea no desaparecer. Sostener la incomodidad de una conversación honesta, de un adiós explícito, de un límite claro. Porque aunque el silencio parezca más fácil, hablar sigue siendo el único puente real entre dos personas. El filósofo Martin Buber (1937) definía el encuentro humano auténtico como una relación de Yo-Tú: una mirada recíproca donde ambos existen plenamente. El ghosting, en cambio, nos reduce al vínculo Yo-Ello: el otro se convierte en cosa, en función, en objeto a eliminar cuando deja de ser útil. Recuperar el Yo-Tú es una tarea ética tanto como emocional: implica ver al otro como sujeto, incluso en el adiós.
El desafío contemporáneo no es solo amar en tiempos de pantallas, sino no desaparecer de nosotros mismos en el intento.
Cómo construir vínculos más presentes El ghosting no solo nos habla de cómo terminan las relaciones, sino de cómo las habitamos desde el inicio. Si la desaparición se volvió una salida tan frecuente, es porque muchas veces los vínculos nacen ya marcados por la distancia emocional. Nos mostramos solo en fragmentos, elegimos qué partes de nosotros ofrecer y cuáles mantener ocultas, temiendo que la exposición total ahuyente al otro. Construir vínculos más presentes implica, antes que nada, reaprender la intimidad. En un mundo donde la atención es un bien escaso, ofrecer presencia es un gesto casi revolucionario. Significa estar ahí, sostener el diálogo incluso cuando incomoda, permitirse la vulnerabilidad sin usar el silencio como escudo. La terapeuta Esther Perel señala que la verdadera intimidad surge cuando podemos sostener la diferencia, no cuando desaparece el conflicto. Estar presente no es coincidir en todo, sino no huir cuando algo se quiebra.
También supone revisar nuestra relación con la inmediatez. Las redes y las apps entrenan nuestra mente para asociar el deseo con la gratificación instantánea. Pero los vínculos humanos no siguen esa lógica. Requieren tiempo, paciencia, y la disposición a convivir con la incertidumbre. La psicóloga Susan David (2016) propone cultivar la “agilidad emocional”: la capacidad de sentir sin reaccionar impulsivamente, de sostener emociones difíciles sin negarlas. Frente al impulso de desaparecer, la pausa puede ser una forma de presencia.
Otra dimensión clave es la responsabilidad afectiva. No se trata de cargar con el bienestar del otro, sino de reconocer el impacto de nuestras acciones. Decir “no quiero seguir hablando” puede doler, pero es un dolor honesto. En cambio, callar sin explicación priva al otro de la posibilidad de entender, procesar o incluso sanar.
El filósofo Byung-Chul Han (2012) advierte que vivimos en la “sociedad de la transparencia”, donde todo debe mostrarse, pero nada se compromete. La responsabilidad afectiva es lo contrario: comprometerse con la palabra, incluso cuando no es perfecta.
Finalmente, construir vínculos más presentes también implica presencia con uno mismo. El miedo a la intimidad no siempre nace del otro, sino de la propia relación con el dolor. Si aprendemos a habitar nuestras emociones sin huir de ellas, dejamos de proyectar ese impulso de escape en los demás. En tiempos de ghosting, quedarse —aunque sea para decir adiós— es un acto de humanidad. No siempre podremos evitar el silencio ajeno, pero sí podemos elegir no responder con el mismo vacío. Porque al final, la verdadera madurez emocional no consiste en no sentir miedo, sino en no desaparecer cuando lo sentimos.

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✨ investigación hecha por ⫘⫘⫘
🧶 Referencias:
1️⃣ Bauman, Z. (2003). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.
2️⃣ Boss, P. (1999). Ambiguous Loss: Learning to Live with Unresolved Grief. Harvard University Press.
3️⃣ Bowlby, J. (1969). Attachment and Loss: Vol. 1. Attachment. Basic Books.
4️⃣ Fromm, E. (1956). The Art of Loving. Harper & Row.
5️⃣ Levine, A., & Heller, R. (2010). Attached: The New Science of Adult Attachment and How It Can Help You Find—and Keep—Love. TarcherPerigee.
6️⃣ Perel, E. (2017). The State of Affairs: Rethinking Infidelity. HarperCollins.
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